Deja que el viento
meza tu corazón
sediento, que el aliento
de su centro insufle
tu alma enardecida.
Deja que el viento
sople sobre tus heridas
y dibuje la huella indeleble
del poso de la vida.
Deja que el viento
cante en tu garganta
florida para que no olvide
el hombre el niño que habita.
Deja que el viento
en tus manos agite
el sueño dormido,
y no se olvide el gesto
artesano de amasar
cada día.
Deja que seque tus lágrimas
perdidas, y eleve al recuerdo
tus risas vencidas, que te perfume
de amor, y enhebre
tu alma al corazón que
te anida.