Dejadme el viento
sobre la piedra,
el brillo del sol
al mediodía,
el cielo azul del estío
que avanza.
Dejadme la brisa
sobre la arena,
el húmedo salitre
que guarda la roca,
el vals de las olas y la espuma
de su gracia.
Dejadme el aire
de otoño susurrando
entre las hojas, el rojo
pardo, el ocre, el tímido amarillo
que tiñe los campos, y la pisada
sonora de mi pie descalzo.
Dejadme el horizonte
que cada día borda
el cielo, la nube lenta
que el sol estampa,
el aroma seco de la tierra arada.
Dejadme la lavanda,
el tomillo y la jara, el
rosal silvestre , y la efímera
amapola siempre colorada.
Dejadme la nieve, la gota
de lluvia que resbala,
la mañana cencellada,
la noche y su fría escarcha,
el rayo que precede al trueno,
y el soliloquio de la montaña.
Dejadme un día, un momento,
una tarde, una vida entera,
para guardar uno a uno,
los pequeños deleites
del alma.