Atisbo la primavera,
sus primeras flores de almendro,
el trinar mañanero
en el jardín de casa,
los calientes rayos de sol
tras el cristal de la galería,
y el cuerpo lento e indolente
lleno de un melancólico latir.
Después de tanto hielo bañando
el azul del cielo y la entraña
de esta tierra, el tiempo
no se ha detenido y ajeno
a mis ritmos sigue su curso,
extraño al lento avance de mi vida,
sujeta a una inercia
que me pertenece y no quiero,
detenida en el aire de marzo,
suspendida en cortos vuelos
del alma, sorprendida en tardes
que se alargan, en las pequeñas flores
de mis plantas luciendo
vistosos colores intensos;
Cualquier paseo me sorprende
viendo esplendorosas las flores
de las mimosas, de los perales
desatendidos estampados
en esta tierra arenosa, y
ese horizonte que aleja el día y
pospone la puesta de sol
para la condena del alma,
perezosa al brillo que no espera y
olvida el leño ardiente y
la ceniza de la brasa.
La primavera llega y
su manto
no logra atraparme para resarcimiento
de este cuerpo que a veces quisiera
ausente, vivido solo por mis sentidos,
ajeno a la ejecución del movimiento,
pleno ya,
imbuido del derroche
de una estación
que determina y
no adolece
en su empeño.