No todos los días se besa la vida,
algunos se destila el alma
en el alambique de la derrota.
Porque la vida tiene miserias
que la mirada no esconde
y mis ojos no ven el mar,
y la orilla de mi corazón
no lame las olas,
ni degusta el salitre que el viento
esparce allí, donde la vida redime
cualquier dolor
y las lágrimas vierten su pena
en las aguas mansas de un océano
que sueño cada noche,
como el deseo adolescente
que me puebla el alma.
No puedo contemplarte
en esta fría noche de estrellas,
quizás mis ojos niegan
el arco que sujeta mi brazo y
solo encuentro tu cintura
olvidada en el cielo, como el tiempo
que obvio nuestro recuerdo.
Ni tus ojos perdidos, ni la mirada
escrutadora del momento contienen
mi alma desbordada en tanto
recuerdo.
Dime Orión, quien contuvo nuestro
deseo, el afán de nuestros sueños.
Dime tu desde el hemisferio norte,
si cualquier noche perdida
de este futuro invierno, nuestros
arcos lanzarán anhelos
como esas saetas fugaces que
lloran el amor de otros inviernos.
Así nace la nausea
desde un rincón profundo
de la entraña y cabalga
hacía el pecho y tiembla
en la garganta y uno traga
saliva y tiembla inhalando
el asco de un horror que anida
siempre en su corazón.
El hombre que no me amó,
no caminaba descalzo,
ni leía mis versos a escondidas.
No miraba mis manos amasando
la harina, ni gastaba mi piel
con su tacto.
El hombre que no me amó,
caminaba a espalda mía,
teñía sus palabras en almíbar y
cegaba las mías.
El no amaba el viento, ni la lluvia,
ni el lamento, ni el canto de la cigarra,
ni el son lisonjero que mi corazón
guardaba.
el hombre que no me amó,
tampoco me dejó amarle, solo
fabular una historia y tejer mis velos.
Quiéreme ahora en el beso lento y
húmedo que nos despierta la piel.
Quiéreme ahora que tu lengua dibuja
en mi piel el rastro del deseo
perseguido.
Quiéreme y olvida el después,
el cuanto, el por qué.
Olvida tu nombre, el abrigo que
arrastras, las suelas desgastadas
del corazón y vístete de piel y
fuego, solamente nos espera
el paraíso del deseo.
Olvidada en la piedra de su estatua
lloraba esa mujer marmórea, la vida
que contemplaba.
Sujeta en su pedestal envidiaba
la suerte de aquellas que ocupaban
el mascaron de proa, salpicadas
por las continuas olas, viajeras
de la aventura, náufragas de la mar,
descubridoras de piratas, avistando
insólitas islas, arenas blancas.
Olvidada en la piedra de su estatua,
lloraba esa mujer marmórea,
la condena de una vida eterna,
sujeta en su pedestal.