Hay tardes de sol
que atrapan el tiempo,
se detienen en leves
trinos, en la rama que mece
el aire de otoño, en el brillo
cálido que calienta el corazón.
Las moscas golpean torpemente
el cristal estampado de gotas
secas, y zumban atontadas
por el sofoco de una tarde
que aboca a su ocaso.
El cielo matiza su azul
huyendo del esplendor
del verano y sujeta horizontal
su astro, es fresca la sombra
que acompaña el momento
anunciando la noche temprana,
la futura humedad del alba.
Un gato se lame bajo
los dulces rayos que aterciopelan
su oscuro pelaje, y atiende sin
distraerse el poso de la tonta mosca
que reposa su corto vuelo.
El silencio se agranda,
los pájaros retornan a casa,
y por un instante se aquieta
el alma, se expande lento
y profundo mi pecho y silva
el aliento de mis entrañas.
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