Ajeno a la mirada que te contempla,
mecida en el atávico vaivén
de tus olas,
te encuentro y
no puedo mirarme.
Las aguas que te bañan
ocultan en su centro un corazón
antiguo, enigma
para la mujer que te observa y
aprende que otras vidas habitan
bajo la leve marea de este atardecer.
Sujeta a tu orilla refresco
el alma perdida, ignota
ante un paisaje que me permite
en un tenue instante formar
parte efímera del mismo
como la mariposa que aletea
sobre la férrea roca dispuesta
al desgaste del sueño eterno.
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