Hay una bala,
un edificio que se derrumba,
una ventana tapada,
un muerto sobre la acera
cubierto por una escasa manta.
Hay un parque vacío,
que mece sus columpios al estruendo
de la bomba ajena al juego
de los niños ausentes,
al grito callado de sus ancestros.
Hay un puente desplomado
sobre las aguas de un rio
que llora las lágrimas que otros desbordan
y contiene el llanto
de los que lo abandonan.
Hay una fila de tanques que ocupan
el cielo carente de aquellos que transitan
el vacío de unas calles mecidas
al grito de una sirena que ya no duerme.
Hay un horror consentido
por el dominio de aquellos
que siempre rasgan el hilo de nuestras vidas
al capricho de sus devaneos.
Hay un silencio implícito
para que no importe el duelo
de otros, una solidaridad
transvestida para que no falte
un credo.
Hay una valla, un muro para saltar
al vacío desde un horror a otro
que espera y contiene el anhelo
de la libertad que otros olvidamos.
Hay unas manos bendecidas
por la metralla para verter la sangre
derramada de los que perdieron,
por el afán de los egos malditos
que escogen nuestro destino y
destierran nuestros sueños.
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