He vuelto a pasear los mismos
sitios de la infancia,
las calles empedradas de vuelta
a casa, los Dominicos y
sus viejos cipreses,
la pequeña iglesia escondida,
Santo Tomé, y
la calle de Los Mártires.
La luna sigue estampada contra
el convento de las Claras
en las oscuras noches de otoño y
he buscado asir tu mano nuevamente
para sentirme
tan querida como entonces,
cuando era libre de ser y hacer
lo que quería entre la calle
y el ultramarinos.
He recordado ahora mi esencia
infantil, la que poco a poco
perdí,
y me vuelve a brindar la vida
en un beso lento y profundo
del que no puedo soltarme ,
ni respirar,
solo la risa expande
mi pecho, y el llanto,
solo ablanda el silencio
conventual de cualquier desdicha.
Todos nuestros pasos juntos
por doquier, rozando
el final de la Gran Vía y
esa ilusión bendita de compartir
contigo cualquier momento
me sigue llamando
por todas las calles del barrio,
elevándome al recuerdo
donde late mi corazón y
nuestro encuentro
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