Crecer peligrosamente, sin saberlo.
Atravesar la frontera, exilarse
sin ser consciente.
Jugar y perder el miedo, atravesar
el umbral de lo prohibido,
viciarse con la mente.
Ser ajeno a la costumbre, atravesar
el rancio espejo.
Mirar al otro lado sin observar
el retrovisor que te observa
fijamente.
Precipitarse al abismo
donde otros danzan
ritmos diferentes.
Quedarse quieta y esperar
el susurro del viento ausente,
la gota de lluvia
posada en mi pelo,
la leve bruma en la mañana.
Esperar un cielo con su luna y
saberse sola y gastada,
y lamer la herida y cabalgar
la noche entera y
esperar otra madrugada.
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