Cierro estos ojos que no ven el mar,
se abandonan al salitre que puebla
los pasillos del recuerdo.
Cierro esa boca sin los labios
besados, ausentes del sabor
de otras bocas donde anida
el néctar del deseo nuevo.
Cierro estos oídos sordos
a la melodía de una noche y su cielo
estrellado, presidido por el canto
incesante de las cigarras.
Cierro este pensamiento
de saberme ausente de otra vida
donde habitaba la soledad del alma,
rendida ya al devenir incierto
que agita el deseo de cualquier
pasión mundana.
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