Recuerdo la carne
trémula, el ritmo candente,
desacompasado del corazón
ebrio de pasión, el tacto
encendido de nuestras manos
urgentes, las perseguidas
miradas rondando a nuestro acecho,
la voz de tu llamada
y el canto de nuestro
pecho.
Recuerdo el vuelo de nuestras
bocas lamiendo la savia
loca de nuestros cuerpos
ahora tan ajenos
como el tiempo que
nos distancia para decirnos
que el ayer
fue nuestro, como los adolescentes
besos eternos en el vaivén
de las olas de nuestro
pensamiento.
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